El desprecio fue elocuente, sincero, recíproco.
Nos besamos apasionadamente con asco y resquemor,
y discerní en mis labios su saliva de la mía.
Yo era el hielo y ella el mechero.
En mi mano estaba su mano y mi pierna entrelazaba su cuello.
La intención impetuosa del abrazo mortal se hizo presente.
En este deseo coincidíamos. Ella y yo y la pulsión de muerte.
Pero no, no pasó.
El desprecio fue elocuente, sincero, reciproco.
Nos desprendimos sin despedirnos conservando cada una para si
el último roce.
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