Aquel ritmo incesante generado por el viento, de cadencia viciosa y texturizado
entre sutiles altos y bajos que conforman la espesura del manto azul.
Aquel que supo ser mar y detenerse en la laguna.
Preserva desde el principio de los tiempos, con absoluto reparo,
un pacto de rigor con el ostrero:
“Si me sostienes, no te pincho”.

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